viernes, 24 de marzo de 2017

Los Asesinatos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nero


Busto del emperador romano Nero.


En el periodo en que ocurrió el asesinato de Julio César, el pueblo romano, y especialmente las clases dominantes, había alcanzado un grado de perversidad y degeneración que el lector moderno podría comparar con ciertas sociedades actuales. Se habían vuelto totalmente impropios para el autogobierno. Los vicios públicos y privados más atroces en ambos sexos habían tomado el lugar de las virtudes cívicas y el honor privado por el cual el antiguo romano había sido famoso en todo el mundo. En la vida pública, la corrupción, la venalidad y el soborno eran generales; un titular de la función pública era sinónimo de un ladrón del tesoro público. El nepotismo prevaleció en un grado alarmante, y los hombres más hábiles fueron apartados sin ceremonias para ceder su lugar a los descendientes más incapaces de la nobleza. En tiempos como éstos, sólo el imperio de la ley y el respeto a los derechos ciudadanos pueden impedir que las masas caigan en la anarquía y la guerra civil y se impongan a la moderación de la sociedad y al estado de derecho.

El asesinato de César tuvo un efecto desmoralizante sobre el pueblo romano. La mano del maestro que pudo haber controlado las masas rebeldes y contenido la nobleza degenerada estaba paralítica en la muerte; el intelecto gigante, que había abrazado al mundo civilizado en su sueño de establecer una monarquía universal, no pensaba más; y los resultados fueron caos, anarquía y guerra civil. La ausencia de la mente maestra era lamentablemente sentida; sus herederos eran incapaces de controlar los elementos salvajes que los asesinos habían puesto en libertad; y durante muchos años la rapiña, el derramamiento de sangre, el asesinato y la espoliación dominaron en toda la vasta extensión de la República Romana, hasta que finalmente, en el año 30 A.E.C., Octavio Augusto, sobrino de César, logró establecer ese imperio de que César había soñado, y para el cual su genio y sus victorias habían pavimentado el camino.

La época imperial, empezando con la manifestación de magnificencia y el esplendor, tanto en los logros militares como en la producción literaria, pronto degeneró en una era de delincuencia que, al menos en las clases más altas de la sociedad, nunca ha sido igualada en la historia. Su peor característica era, quizá, la absoluta degradación y depravación incluso de las mujeres, particularmente de las clases más altas, y su disposición a sacrificar todo, castidad, vergüenza, nombre y reputación por la satisfacción de sus pasiones. Pronto las mujeres superaron a los hombres en asesinar, por veneno o daga, a sus víctimas o rivales. Augusto, el primer emperador, mostró en el trono mucho menos crueldad de lo que había manifestado como parte del triunvirato; pero Livia Drusila, su tercera esposa, fue la primera de aquellas féminas en el trono de los Césares, que junto a Livia, Agripina, Mesalina, Domicia, nunca se rehusaron a asesinar ya fuera por la sangre o el veneno para deshacerse de un rival o de un obstáculo que obstruyera su ambición criminal. Livia, que deseaba que Tiberio, hijo de un antiguo matrimonio, fuese sucesor de Augusto en el trono imperial, envenenó a Marcelo, marido de Julia, hija de Augusto, y también a los dos hijos de Julia; y por estos crímenes aseguró la sucesión de Tiberio. También es sospechosa de haber envenenado al mismo Augusto.

Tiberio, el segundo de los emperadores romanos, vive inmortal en la historia más bien por sus crímenes que por sus valerosos hechos. Calígula, el tercero, Claudio, el cuarto, y Nero, el quinto emperador, que fueron asesinados después de reinos comparativamente cortos, pero que habían agotado todas las formas de crueldad y delito; mientras que sus esposas, Mesalina, Agripina y Popea vivirán en la historia para siempre como los tipos sin rival de depravación femenina. Por encima de todo, Mesalina, la esposa de Claudio, que gobernó desde el año 41 hasta el año 54 de la era común, se hizo notoria por cada especie de vicio. En sus excesos libidinosos y voluptuosos, así como en la concepción demoníaca de sus complots asesinos contra sus enemigos, era fácilmente primero y principal, la verdadera emperatriz de las mujeres viciosas y caídas de Roma: se convirtió en su rival declarada en las casas de mal fama en su capital, contendió con ellas por la palma de la obscenidad y la prostitución, y las venció a todas.

A menos que los grandes historiadores de Roma hubiesen registrado estos excesos como hechos abundantemente justificados por un testimonio irrefutable, los informes habrían sido relegados al dominio de la fábula, porque son demasiado repugnantes para creerlos sin autoridad suficiente. ¿Puede la mente humana concebir, por ejemplo, un acto de mayor insolencia criminal que la que la emperatriz Mesalina cometió al casarse, públicamente y a los ojos de la capital, con un joven aristócrata romano, Cayo Silio, por quien ella estaba inflamada con pasión adúltera, mientras que su marido, el Emperador, estaba a pocos kilómetros de Ostia? Y, sin embargo, Tácito, un historiador severo y veraz, registra esto como un hecho innegable, y agrega que las generaciones futuras no van a creerlo.

Cuando, en el año 68 E.C., Nero expiró por la daga de un liberto, habiéndole fallado el coraje para suicidarse, la familia de César el Grande se extinguió, incluso en sus miembros adoptados. Habían transcurrido sólo ciento doce años desde que el mayor de los romanos había caído por las dagas de los conspiradores republicanos; pero ese corto período había bastado para subvertir la República y erigir un Imperio despótico sobre sus ruinas, para inundar el vasto territorio de Roma, que abrazaba a todo el mundo civilizado, con corrientes de sangre, para colocar a imbéciles y asesinos en el trono, y para adornar las cejas de las cortesanas y prostitutas, sus parejas en el crimen y la depravación, con la diadema imperial. Nunca antes en la historia de la humanidad la depravación y la lujuria humanas se mostraron más descaradamente; nunca antes la bestia en el hombre había mostrado su crueldad innata tan audaz y abiertamente como durante los reinados de estos cinco emperadores romanos. Es casi un consuelo para la mente afligida leer que Tiberio fue muerto por sofocación; que Calígula fue golpeado y apuñalado; que Claudio fue asesinado por un plato de hongos venenosos; y que Nero, el último de la dinastía de César, fue asistido en su muerte prematura por la daga de un liberto. El rápido asesinato era un castigo demasiado ligero para estos monstruos de iniquidad que tan a menudo habían festejado sus ojos en las torturas de sus inocentes víctimas

(Traducción, con pequeñas modificaciones, del libro Famous Assasinations of History, de Francis Johnson)
 

jueves, 23 de marzo de 2017

Celebraciones en este Día

*** En Esta Fecha ***

Jueves, 23 de marzo de 2017

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País            Celebración
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Bolivia        Día Memorial
Japón           Festival Imperial de Primavera
Paquistán     Día de la República
Varios           Día Mundial Meteorológico
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(Elaborado en base a Calendar Magic)

miércoles, 22 de marzo de 2017

Celebraciones en este Día

*** En Esta Fecha ***

Miércoles, 22 de marzo de 2017

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País                Celebración
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Puerto Rico    Día de la Emancipación
Siria                Día de la Liga Árabe
Varios             Día Mundial del Agua
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(Elaborado en base a Calendar Magic)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Venezuela Repudia Informe Ilegítimo de la OEA

Venezuela expresa profundo repudio al ilegítimo e ilícito informe presentado por Secretario General de la OEA



Comunicado
 
La República Bolivariana de Venezuela expresa su más profundo repudio al ilegítimo e ilícito pretendido informe sobre Venezuela presentado por el Sr. Luis Almagro, quien hace de Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), desconociendo los procesos institucionales y principios de esta organización.

Luis Almagro, conocido enemigo del pueblo de Venezuela, ha forjado falsos supuestos contra la República con el solo objetivo de promover la intervención internacional de nuestro país y acentuar la guerra económica contra la sociedad venezolana. Su actuación al frente de la OEA ha extralimitado sus competencias y ha estado marcada por el abuso de poder, guiada solamente por el odio que profesa a Venezuela y su complicidad con la oposición golpista, extremista y antidemocrática venezolana. Es el rencor despreciable de los conversos lo que mueve sus acciones, sus aberrantes escritos se perderán en la noche de la historia como ejemplo de hasta qué punto una persona doblegada es capaz de destruir la función de un organismo.

Es lamentable que el Sr. Almagro reanime las páginas más oscuras de la historia intervencionista y golpista de la OEA, mediante la imposición de mecanismos que violentan flagrantemente el ordenamiento legal y constitucional de Venezuela y la Carta de la OEA, sus principios fundamentales y las normas rigurosas que regulan su actuación. Los Cancilleres del hemisferio reunidos en la Asamblea General de la OEA, en fecha 15 de junio de 2016, habían advertido con preocupación tales irregularidades, decidiendo remitir al Consejo Permanente la revisión de su actuación.

Luis Almagro encabeza el concierto hemisférico de la derecha fascista que hostiga, agrede y ataca con saña a Venezuela, sin escrúpulo ni ética alguna, caracterizada por el forjamiento antijurídico y fraudulento de falsos positivos contra nuestra Patria sagrada.

La República Bolivariana de Venezuela tomará las acciones que correspondan en su oportunidad, y denuncia ante el mundo entero la intención agresiva de este triste malhechor contra nuestra indeclinable decisión de seguir viviendo en paz, con independencia y soberanía, como el derecho de todos los pueblos del orbe. No será la acción conspirativa, miserable e insurreccional que desde la OEA pretende promover Luis Almagro lo que detenga a nuestra Patria y a nuestro pueblo en su camino hacia el futuro luminoso que marcaron nuestros Libertadores.

REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
MINISTERIO DEL PODER POPULAR PARA
RELACIONES EXTERIORES


Caracas, 14 de marzo de 2017

Celebraciones en esta Día

*** En Esta Fecha ***

Miércoles, 15 de marzo de 2017

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País             Celebración
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Belarusia      Día de la Constitución
Hungría        Día Nacional
Liberia         Cumpleaños de J.J. Robert
Palau            Día de la Juventud
Varios          Teofanía
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(Elaborado en base a Calendar Magic)

lunes, 13 de marzo de 2017

Las esclavas Sexuales del Paraíso


Huríes en el paraíso.

Uno de los aspectos más polémicos del Islamismo es la creencia de que un hombre musulmán devoto encontrará esclavas sexuales, llamadas Huríes, esperando por él en el cielo, después de su muerte. Los escritos islámicos describen a estas Huríes como jóvenes vírgenes con ojos brillantes, pechos firmes y redondos, y piel clara. En su conducta ellas son muy modestas y sumisas, y siempre dispuestas a hacer cualquier cosa que un hombre desee. A diferencia de las mujeres normales, ellas no menstrúan y nunca quedan embarazadas. Son como zombis programadas cuyo único propósito es dar placer a los hombres.

De acuerdo con algunos escritos islámicos, a cada hombre que va al cielo se le darán 72 Huríes para su uso exclusivo. En otras palabras, recibe un harén celestial de 72 esclavas sexuales. Extrañamente, incluso después de que él adquiere este harén, él puede todavía mantener una relación matrimonial con su esposa terrenal, siempre que ella también llegue al cielo. El hombre, su esposa y todos sus Huríes nunca tienen desacuerdos, y todos viven armoniosamente en un estado de eterna juventud, belleza y perfecta salud.

Nota: Algunas fuentes dicen que cada hombre en el cielo recibe 70 Huríes en lugar de 72. Por supuesto, como cuestión práctica, esto haría poca diferencia.

Los no musulmanes frecuentemente critican la idea de un harén celestial como degradante para las mujeres. Refuerza las creencias sobre la autoridad masculina, y contribuye a la discriminación contra las mujeres que se encuentran comúnmente en los países musulmanes. Afortunadamente, muchos hombres musulmanes modernos no creen en la existencia literal de Huríes, sino que en cambio consideran las representaciones tradicionales de ellas como una metáfora para la felicidad celestial. 

En parte por esta razón, los movimientos para mejorar la condición de la mujer están empezando a tener éxito en algunas sociedades islámicas.

Las ideas musulmanas sobre Huríes llegaron a ser especialmente polémicas después de que los terroristas islámicos modernos comenzaron a realizar ataques suicidas en varias partes del mundo. Según informes de noticias, algunos de estos terroristas fueron motivados por una creencia en que los mártires que mueren por el Islamismo son recompensados con un boleto automático al cielo y un harem personal de vírgenes hermosas Huríes. En realidad, todos los devotos musulmanes, no sólo mártires, son supuestamente recompensados con un regalo de Houris cuando llegan al cielo. Pero si alguien está motivado a matar a personas inocentes con la esperanza de recibir tal recompensa, entonces merece ir al infierno, no al cielo.

(Traducido por Baneste, del libro Weird Beliefs, del autor Barry Wilson)

jueves, 9 de marzo de 2017

La Buenaventura (Parte I)



Un antiguo, pero muy interesante relato de la literatura española.

Por Pedro A. de Alarcón
I

     No se que día de agosto del año llegó a las puertas de la Capitanía general de Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido o sobrenombre Heredia, caballero en flaquísimo y destartalado burro mohíno, cuyos arneses se reducían a una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo pie a tierra, dijo con la mayor frescura "que quería ver al Capitán general."
     Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar a conocimiento del Excelentísimo Sr. don Eugenio Portocarrero, conde del Montijo, a la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada.... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor a lo ajeno..., con permiso del engañado dueño, dio orden de que dejasen pasar al gitano.
     Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
     —¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!
     —Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...—respondió el Conde con aparente sequedad.                 
     Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:
     —Pues, señor, vengo a que se me den los mil reales.
     —¿Qué mil reales?
     —Los ofrecidos hace días, en un bando, al que presente las señas de Parrón.
     —Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?
     —No, señor.
     —Entonces....
     —Pero ya lo conozco.
     —¡Cómo!
     —Es muy sencillo. Lo he buscado; lo he visto; traigo las señas, y pido mi ganancia.
     —¿Estás seguro de que lo has visto?—exclamó el Capitán general con un interés que se     sobrepuso a sus dudas.
     El gitano se echó a reír, y respondió:
     —¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos, y quiere engañarme.—¡No me perdone Dios si miento!—Ayer vi a Parrón.
   —Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue a ese monstruo, a ese bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas sierras, a algunos  pasajeros; y después los asesina, pues dice que los muertos no hablan, y que ese es el único medio de que nunca dé con el la Justicia? ¿Sabes, en fin, que ver a Parrón es encontrarse con la muerte?
     El gitano se volvió a reír, y dijo:
     —Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuando es verdad nuestra risa o nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como nosotros?—Repito, mi General, que, no solo he visto a Parrón, sino que he hablado con él.                                    
     —¿Dónde?
     —En el camino de Tozar.
     —Dame pruebas de ello.
     —Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos. Una cruel sospecha me tenía desazonado.—"¿Será esta gente de Parrón? (me decía a cada instante.) ¡Entonces no hay remedio, me matan!..., pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan a ver cosa ninguna."
     Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me dijo:
     —Compadre, ¡yo soy Parrón!
     Oír esto y caerme de espaldas, todo fue una misma cosa. El bandido se echó a reír. Yo me levante desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:
     —¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había de conocerte por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madre que para tales hijos!
   ¡Jesús! ¡Deja que te de un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera si no tenía gana de encontrarte el gitanico para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres   que le enseñe el francés a una mula?
     El Conde del Montijo no pudo contener la risa....—Luego preguntó:
     —Y ¿qué respondió Parrón a todo eso? ?Qué hizo?
     —Lo mismo que su merced; reírse a todo trapo.
     —¿Y tú?
     —Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.
    —Continúa.
     En seguida me alargó la mano y me dijo:
     —Compadre, es usted el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Solo usted me ha hecho reír: y si no fuera por esas lágrimas....
     —Qué, ¡señor, si son de alegría!
     —Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis u ocho años!—Verdad es que tampoco he llorado....
     —Pero despachemos.—¡Eh, muchachos!
     Decir Parrón estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fue un abrir y cerrar de ojos.
     —¡Jesús me ampare!—empecé a gritar.
     —¡Deteneos! (exclamó Parrón.) No se trata de eso todavía.—Os llamo para preguntaros que le habéis tomado a este hombre.
     —Un burro en pelo.
     —¿Y dinero?
     —Tres duros y siete reales.
     —Pues dejadnos solos.
     Todos se alejaron.
     —Ahora dime la buenaventura—exclamó el ladrón, tendiéndome  la mano.
   Yo se la cogí; medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:
     —Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
     —Eso ya lo sabía yo.... (respondió el bandido con entera tranquilidad.)—Dime cuándo.
     Me puse a cavilar. Este hombre (pensé) me va a perdonar la vida; mañana llego a Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen.... Después empezará la sumaria....
     —¿Dices que cuando? (le respondí en alta voz.)—Pues ¡mira! va a ser el mes que entra.
     Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.
     —Pues mira tú, gitano.... (contestó Parrón muy lentamente.) Vas a quedarte en mi poder....—¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo a tí, tan cierto como ahorcaron a mi padre!—Si muero para esa fecha, quedarás libre.
     —¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona... después de muerto!
     Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.
   Quedamos en lo dicho: fui conducido a la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales....
     —Vamos, ya comprendo... (exclamó el Conde del Montijo.) Parrón ha muerto; tu has quedado libre, y por eso sabes sus señas....
     —¡Todo lo contrario, mi General!  Parrón vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.

II

     Pasaron ocho días sin que el capitán volviese a verme. Según pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, a lo que me contó uno de mis guardianes.
     —Sepa usted (me dijo) que el Jefe se va al infierno de vez en cuando, y no vuelve hasta que se le antoja.—Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.
     A todo esto, a fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido que por las tardes me sacasen de la cueva y me atasen a un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.
     Pero excuso decir que nunca faltaban a mi lado un par de centinelas.
     Una tarde, a eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día a las órdenes del segundo de Parrón, regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan a nuestro Padre Jesús Nazareno, a un pobre segador de cuarenta a cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.
     —¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais con que afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos!—¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!... ¡Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro? —¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!

     Una carcajada de burla contestó a las quejas del pobre padre. Yo temblaba de horror en el árbol a que estaba atado; porque los gitanos también tenemos familia.

     —No seas loco.... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador.)—Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados mayores en que ocuparte....
     —¡Cómo!—dijo el segador, sin comprender que hubiese desgracia más grande que dejar sin pan a sus hijos.
     —¡Estás en poder de Parrón!
     —Parrón.... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar.... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.
     —Pues, amigo mío, Parrón quiere decir la muerte. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera.  Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos.—¡Preparen! ¡Apunten! —Tienes cuatro minutos.
     —Voy a aprovecharlos.... ¡Oídme, por compasión!...
     —Habla.
     —Tengo seis hijos... y una infeliz...—diré viuda..., pues veo que voy a morir....—Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras.... ¡Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas a otras.—¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me digo. —¡Caballeros, alguno de ustedes será padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre que ve morir a los hijos de sus entrañas, diciendo: "Tengo hambre..., tengo frío"?—Señores, ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mi la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones!—¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!
     Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara.... ¡Qué cara!... ¡Se parecía a la de los santos que el rey Nerón echaba a los tigres, según dicen los padres predicadores....
     Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos a otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió a decirla....
     —¿Qué dijo?—preguntó el Capitán general, profundamente afectado por aquel relato.
     —Dijo: "Caballeros, lo que vamos a hacer no lo sabrá nunca Parrón...."
     —Nunca..., nunca...—tartamudearon los bandidos.
     —Márchese usted, buen hombre....—exclamó entonces uno que hasta lloraba.
     Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
     El infeliz se levantó lentamente.
   —Pronto.... ¡Márchese usted!—repitieron todos volviéndole la espalda.
     El segador alargó la mano maquinalmente.

     —¿Te parece poco? (gritó uno.)
     —¡Pues no quiere su dinero!
     —Vaya..., vaya.... ¡No nos tiente usted  la paciencia!